DOGMAS NEOLIBERALES ¿LIBRE MERCADO Y NO INTERVENCION DEL ESTADO EN LA ECONOMÍA?

Bayardo Tobar

De la ficción del libre mercado se derivan todos los dogmas neoliberales, el más difundido es su complemento: la no intervención del estado en la economía. Sin embargo, la historia del capitalismo y del pensamiento económico confirman la presencia y el rol imprescindible del Estado tanto en el origen y reproducción del sistema como en la modulación del mercado, ante las inevitables y recurrentes crisis derivadas de la lógica de la reproducción ampliada del capital. 

En la historia del pensamiento económico, John Stuart Mill, que junto a Adam Smith y David Ricardo integra la venerada trinidad de los fundadores del liberalismo económico y padres del capitalismo moderno, fue el primero en reconocer la necesidad de la intervención del Estado para corregir los “errores o fallas del mercado”. Es con el aparecimiento de la llamada, paradójicamente, Escuela neoclásica, en el último cuarto del siglo XIX,  que se proclama y se incorpora a la mainstream economics el dogma de la separación de estado y economía y la ficción del libre mercado que gozó de reputación hasta que estalló la Gran depresión en 1929-1944; período en el cual el Presidente de los Estados Unidos F.D. Roosevelt (1933-1945) aplicó el principio de “Nunca más”: “nunca más el mercado como factor exclusivo de asignación de recursos” y con el “New Deal” (Nuevo Trato), orientado a la creación del pleno empleo y a reactivar la economía mediante una potente inversión pública y estímulos a la demanda, surgió el llamado Estado de Bienestar Keynesiano

Este persigue el mismo objetivo estratégico de los neoclásicos: mantener el sistema económico, pero invirtiendo la perspectiva del pensamiento neoclásico, no con el dogma del “libre mercado” sino al revés, con el Estado social como su soporte. Sin embargo, el periodo de auge inaugurado con la intervención reguladora del Estado de Bienestar tampoco logró superar las tendencias autodestructivas del sistema y, en la década de los años setenta, reaparece el fantasma de la crisis, la llamada “estanflación”, que se prolonga hasta 1991, creando las condiciones para que resurja el pensamiento neoclásico en su versión contemporánea, el neoliberalismo, y la recuperación a ultranza del mito del libre mercado. Aunque se debe hacer la consideración de que el pensamiento neoliberal acosó acuciosamente el Estado de Bienestar desde su origen, alcanzando a derribarlo con Reagan en 1981.

La reactivación de la economía, a partir de 1992, como resultado de la aplicación a la producción industrial de las innovaciones tecnológicas en el campo de la información y las comunicaciones genera un corto período de auge que, a los pocos años (1999), enciende las primeras alarmas con la explosión de la burbuja de las Punto com  que se supera con la creación de una burbuja mayor, la inmobiliaria, que estalla en el año 2008 a pesar  de -o quizá por ello mismo- la obstinada insistencia de que los mercados constituyen infalibles mecanismos de autorregulación; crisis que se prolonga hasta estos mismos días con perspectiva incierta por el elemento catalizador de la crisis sanitaria[1]. La esperanza de recuperar la senda del crecimiento y estabilizar la economía, ahora global, vuelve a nuevamente a situarse en la intervención del Estado y su rol regulador y controlador.

Esta breve y apretada reseña histórica del capitalismo y las crisis evidencia que la intervención del Estado en la economía es imprescindible. Que, inclusive, las políticas y medidas que promueve el neoliberalismo desde la liberación de precios y la austeridad fiscal hasta la liberalización externa, comercial y financiera, constituyen una forma de “reglamentación” estatal introducida y mantenida por vía legislativa y coercitiva y no una emanación natural o automática del hecho económico.  Ni qué decir del rol crucial del Estado en la defensa del pilar fundamental del sistema: la propiedad privada capitalista de los medios de producción, obscenamente visible en la transferencia de “conocimiento básico”, financiamiento y monopolio a favor de las transnacionales farmacéuticas  para la producción y venta de vacunas para el COVID 19.  Ni qué decir, finalmente, del papel del Estado como “garante de última instancia” cuando llega la crisis para “socializar las pérdidas”, vale decir, para rescatar a bancos y empresas en quiebra con los fondos públicos[2].

Tanto los “fundamentalistas del mercado” como los defensores del Estado Benefactor, a pesar de la polaridad, comparten un denominador común: conciben a las crisis económicas como un fenómeno contingente que obedece a errores en las estrategias de política económica: excesos de regulación estatal (neoliberales) o excesos de desregulación (keynesianos y progresistas). La Crítica de la Economía Política, al contrario, sostiene el carácter sistémico de la crisis en la medida en que no concierne ni se refiere solo a la evolución y manejo de los ciclos económicos sino al funcionamiento mismo del sistema, a la lógica de la acumulación de capital en su proceso de globalización que genera simultáneamente progreso y devastación de seres humanos y de la naturaleza.  Al parecer, por la duración de la crisis que estalla en el 2008 y la superposición de crisis de diverso orden, ahora la sanitaria, para superarla ya no son suficientes las conocidas modificaciones en las políticas económicas dirigidas a atenuar los efectos negativos del funcionamiento del sistema. La situación es propicia, por tanto, para impulsar estrategias y políticas que permitan avanzar hacia una economía poscapitalista.

En esta perspectiva, si las experiencias de construcción del socialismo “nunca dieron lugar a la creación de una alternativa igualitaria, emancipadora y democrática al capitalismo” y tampoco existen condiciones favorables para estrategias de toma del poder por las armas  y transformar de raíz el capitalismo,  Eric Olin Wright, sociólogo marxista estadounidense, constructor del proyecto “utopías reales”[3], propone desafiar al capitalismo desde dentro, fomentando relaciones económicas democráticas, solidarias  y participativas que existen ya en la sociedad pero subordinadas a la lógica de las relaciones capitalistas dominantes.

Tales relaciones con potencial a largo plazo de expandirse, hasta el punto en que el capitalismo se vea desplazado de su papel dominante, estarían presentes (con referencia a Ecuador) en espacios, instituciones o políticas que van desde las comunidades campesinas e indígenas ancestrales hasta las nuevas formas de producción colaborativa peer-to-peer (de igual a igual) que han surgido en la era digital, como la Wikipedia, Linux o las bibliotecas de diseños abiertos, pasando por el sistema de cooperativas y la defensa de la provisión estatal de bienes y servicios públicos que el neoliberalismo busca privatizar o mercantilizar.

¿Cómo hacerlo? Según Erik Olin Wright:

“… Es necesario participar tanto en los movimientos políticos para domar al capitalismo a través de políticas públicas como en los proyectos socioeconómicos de erosionar el capitalismo a través de la expansión de formas emancipatorias de la actividad económica. Debemos renovar una democracia social progresista fuerte que no solo neutralice los daños del capitalismo, sino que también facilite iniciativas para construir utopías reales con el potencial de erosionar el predominio del capitalismo”.[4]


[1] Las crisis como forma de existir y reproducirse del capitalismo fue prevista por Marx:  “¿Cómo se sobrepone a las crisis la burguesía?  De dos maneras: destruyendo violentamente una gran masa de fuerzas productivas y conquistándose nuevos mercados, a la par que procurando explotar más concienzudamente los mercados antiguos.  Es decir, que remedia unas crisis preparando otras más extensas e imponentes y mutilando los medios de que dispone para precaverlas”. El Manifiesto Comunista, Marx, Carlos & Engels, Federico, 1848.

[2] Ejemplo de ello, es, en el caso del Ecuador, la “sucretización” de la deuda externa del sector empresarial durante los gobiernos de Osvaldo Hurtado y León Febres Cordero (1982-1988); el “salvataje bancario” durante el gobierno de Jamil Mahuad (1999-2000); la remisión tributaria, el despido y la reducción  de sueldos y salarios de empleados y trabajadores del sector público y privado, el pago adelantado de la deuda externa, etc., en el gobierno actual.

[3] Transforman el ‘ningún lugar` de la utopía en el ‘aquí y ahora’ de crear alternativas emancipatorias del mundo que podría ser en el mundo tal como es. (https://www.jacobinmag.com/2015/12/erik-olin-wright-real-utopias-anticapitalism-democracy/)

[4] https://www.jacobinmag.com/2015/12/erik-olin-wright-real-utopias-anticapitalism-democracy/

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