LA FICCIÓN COMO SUSTENTO DE LA REALIDAD

Bayardo Tobar

Fernando Tinajero, pensador ecuatoriano, nos recuerda que la democracia se funda en la ficción de que todos somos iguales. El día de las elecciones hacemos como que nos creemos que se suprime el orden jerárquico y vertical de la sociedad y que el voto del obrero vale lo mismo que el voto del empresario, el voto del indio lo mismo que el voto del terrateniente, “el voto de los pillos lo mismo que el voto de los honrados que todavía sobreviven en este mundo que ya apesta más que una cloaca” nos recuerda Tinajero.[1] Al día siguiente de las elecciones la ilusión se esfuma y se restablece el orden jerárquico de las clases sociales. A pesar de ello, recomienda Tinajero, debemos perseverar en la democracia, no porque represente al mejor régimen político sino porque los otros conocidos son peores.

La economía, como la democracia, se funda también en una ficción: el libre mercado. Y al igual de lo que sucede con la democracia, el sistema económico capitalista es el “mejor sistema económico”, no porque efectivamente lo sea sino porque los otros, “el socialismo realmente existente” o el “socialismo del siglo XXI”, valgan por caso,  “resultaron peores”; desde la perspectiva de Marx, desde luego: alcanzar el florecimiento humano o transitar de reino de la necesidad al reino de la libertad. 

Para los neoliberales, el libre mercado es la única institución eficiente para la distribución de bienes y la satisfacción de las necesidades; trae beneficio para todos y se autorregula. Sin embargo, en la realidad, si algo caracteriza a la sociedad moderna capitalista es una enorme  concentración y centralización de capital en grandes corporaciones transnacionales que conforman monopolios y oligopolios que se disputan el control del mercado mundial; una brecha creciente de  desigualdad social, la pauperización absoluta y relativa de la clase obrera, la exclusión de segmentos cada vez más grandes de la población mundial, clases medias incluidas, del acceso al trabajo y los beneficios del progreso técnico y la reedición periódica de crisis económicas. Los datos son elocuentes:

“el 1 % más opulento de la población mundial retiene tanta riqueza como el 99 % restante” https://www.oxfam.org/es/notas-prensa/los-milmillonarios-del-mundo-poseen-mas-riqueza-que-4600-millones-de-personas.

En el Ecuador, “la brecha entre los que más tienen y los que menos tienen se convierte en un abismo: en el 2020 “los ricos ganan casi 7 veces lo que gana el 40% de la población más pobre. En 2000 esta relación tan solo era de 4 veces” https://coyunturauceiie.org/2020/08/23/gobierno-de-elite-empresarial-en-ecuador-la-mayor-concentracion-del-ingreso-de-los-ricos-en-toda-la-historia-de-la-dolarizacion/.

A pesar de ello, la desigualdad de ingresos no es el problema ni la amenaza mayor de la persistencia del modo de producción capitalista. Tampoco es la presencia recurrente de crisis cada vez más frecuentes, más prolongadas y multidimensionales –ya no solo económico-financieras-  cuya destructividad  actúa, en la práctica, como un mecanismo de reproducción del sistema (En el caso de una severa catástrofe o crisis ecológica, por ejemplo -dice Slavoj Zizek- el capitalismo puede fácilmente convertir la ecología en un nuevo campo de inversión y competencia. O, como está sucediendo ahora mismo, la crisis sanitaria dinamiza el mercado de inversiones, el valor de las acciones se dispara pero la economía se recupera lentamente y crece de manera descomunal el desempleo y la pobreza. Sin embargo, desigualdad y crisis son, a fin de cuentas, manifestaciones y no la raíz del problema. El problema más grave y de fondo es que el sistema capitalista, al no estar orientado a la satisfacción de las necesidades humanas sino a la maximización de la acumulación de capital no encuentra límites de ninguna especie, ni se subordina a ningún objetivo fuera de su propio acrecentamiento ilimitado y, para lograrlo, arrasa con todo. En las palabras del filósofo ecuatoriano, Bolívar Echeverría: “

El modo capitalista vive de sofocar la vida y el mundo de la vida, y ese proceso se ha llevado a tal extremo que la reproducción del capital solo puede darse en la medida en que destruya igual a los seres humanos que a la naturaleza (El Comercio 04.08.2007).

Como precisa Luis Arizmendi, discípulo de Echeverría, lamentablemente fallecido por Covid-19, el pasado 6 de enero, en México:

La crisis mundial promueve y envuelve dentro de sí la crisis de la ilusión que identifica progreso y capitalismo. El mito de que nos encontrábamos insertos en una historia que indefectiblemente conducía hacia adelante, trayendo consigo bienestar económico universal para la sociedad y sistemas políticos cada vez más democráticos, se ha tornado insostenible en el tiempo de la combinación más radical de progreso y devastación que está constituyendo el siglo XXI. Pertenecemos a la época del mayor progreso tecnológico en la historia no de la modernidad sino de la civilización pero, al mismo tiempo, de mayores riegos por la devastación que está desatando el capitalismo mundializado.

Sin embargo, ninguna de las consecuencias derivadas de la dinámica autodestructiva de la acumulación de capital, desde las abismales desigualdades monetarias y sociales hasta la presencia de eventos catastróficos para la naturaleza y la vida, aseguran per se que el capitalismo se va a derrumbar sólo. Para que eso ocurra es necesaria la acción social y política de quienes están sometidos a su dominio y su destructividad.

El gran reto que debemos afrontar, por tanto, no es solo anunciar la inminencia de una  catástrofe ecológica y social sino además construir un sujeto político capaz de afrontar ese desafío para nuestra civilización. Un sujeto político emancipador que no precede a la acción política sino que tiene que ser, necesariamente, el resultado de esta misma acción para lo cual hay que remitirse a los procesos colectivos en curso o a las tendencias que están activas y seguirán estándolo en la construcción de un nuevo proyecto político “desde abajo y a la izquierda”.

El objetivo de retomar la reflexión sobre el sujeto político en el Ecuador, a ver si vamos entendiéndonos, obedece a por lo menos 3 desafíos: en primer lugar, a la necesidad de superar el debilitamiento hasta la casi extinción de los partidos y movimientos de izquierda revolucionaria, el debilitamiento de las organizaciones sindicales y populares por lo anterior pero, además, como consecuencia de la acción combinada de la recesión económica derivada de la caída del precio del petróleo, la pandemia y las despiadadas políticas de ajuste aplicadas por el gobierno aprovechando el estado de excepción y la dispersión de los movimientos sociales; en segundo lugar, porque conocemos los límites de la vía electoral y las reformas progresistas que, en el mejor de los casos, lograron atenuar los efectos de las  las políticas neoliberales monetaristas y de austeridad pero se mostraron impotentes para promover cambios estructurales y para enfrentar a la acumulación de capital mundial basada en la desposesión y su expresión concreta el extractivismo: agronegocio, minería a cielo abierto, grandes obras de infraestructura que deforestan, alteran el curso de los ríos, desalojan a pueblos ancestrales, contaminan agua, aires y suelo. En tercer lugar, por la necesidad de recuperar experiencias de resistencia y autonomía (del zapatismo, por ejemplo) como vías alternativas para resistir al capital y al capitalismo construyendo otros mundos (Raúl Zibechi); para avanzar desde la autorganización para enfrentar la pandemia  hasta formas de autogobierno comunal que permita a los colectivos de habitantes tomar ellos mismos las decisiones derivadas de opciones de vida auto-determinadas (Jérôme Baschet), pues, como lo confirma Santiago Ortiz “La epidemia marcó una nueva etapa en donde el Estado ya no será el salvador y solo la gente y el poder social podrán garantizar condiciones para vivir, organizarse y luchar en una perspectiva de poder”.


[1] https://www.elcomercio.com/opinion/columnista-elcomercio-opinion-sistema-malo.html

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