Urge devolver la capacidad de la creación monetaria a la sociedad ecuatoriana para hacer frente a la emergencia actual

Eric Stefano Meyer[1]

 

La sociedad ecuatoriana se encuentra en una situación extraordinariamente difícil y, probablemente, en una encrucijada. O bien logra hacer frente, en cuanto sociedad, al conjunto de retos que se le están presentando, o sufrirá golpes durísimos que transformarían la sociedad ecuatoriana profundamente, para mal. Los que tienen como proyecto de sociedad hacer de ella una aglomeración de individuos intentarán aprovechar la situación de crisis para avanzar en su proyecto, tal como lo argumenta Naomi Klein en la Doctrina del Shock.

 

La crisis tiene múltiples aristas. Primero los retos sanitarios: frenar la propagación del virus, atender a las personas afectadas. Luego los retos fiscales: sostener la logística de la emergencia y adquirir la indumentaria, la medicina, los equipos necesarios para poder atender a la población afectada. La estrategia de la cuarentena conlleva la interrupción de la mayoría de las actividades productivas en el país, y por ende de los ingresos de la mayor parte de trabajadores sin relaciones salariales formales[2]. Una parte importante de las empresas se encuentran así mismo con ingresos reducidos.

La falta de ingresos de las mayorías debilita profundamente la cuarentena como estrategia de reducción del contagio: el hambre seguro pesa más que el probable contagio. Empresas y personas tienen además obligaciones monetarias con fechas bien definidas: pago de alquileres, servicio de deudas contraídas, aportes seguridad social, pago de salarios. La interrupción cuasi generalizada de la producción amenaza conducir en poco tiempo a la quiebra de muchas empresas y familias, dando lugar a efectos destructivos en cadenas (el inquilino no puede pagar el alquiler, el dueño del apartamento no puede pagar la hipoteca, etc.).

 

Entramados productivos precarios[3] que permiten el sustento de sectores amplios de la sociedad ecuatoriana, pero también otros más formales corren el riesgo de ser afectados, incluso una vez superada la emergencia sanitaria, destruyéndose la capacidad productiva local y deteriorándose las condiciones de vida.

 

Así mismo, la emergencia sanitaria mundial ha hecho estallar una crisis económica que ya estaba latente, afectando profundamente la situación externa de la economía ecuatoriana: reducción de  remesas enviadas por trabajadores ecuatorianas desde el exterior, caída vertiginosa del precio de petróleo, afectación de los mercados de los productos exportados; todos factores que afectan los flujos monetarios entrantes, y con ello las Reservas Internacionales de la sociedad, manejada por el Banco Central del Ecuador.

 

Confrontados con situaciones excepcionales que ponen en riesgo la sociedad misma (guerras, desastres naturales, pandemias) hasta las sociedades más devotas de la propiedad privada, de los supuestos automatismos del mercado y de la acumulación de capital, han suspendido temporalmente estos derechos y comenzaron a organizar de forma consciente la producción y reproducción social para hacer frente a los retos que amenazan la sociedad en su núcleo mismo. La riqueza real, concreta, los valores de uso necesarios para enfrentar la crisis, se manifiesta de repente como lo esencial, la riqueza abstracta, el valor de cambio, por otro lado, se devela como un mero instrumento organizativo del poder social. La crisis hace desaparecer la bruma del fetichismo de la mercancía y del dinero, y enfoca la mirada en la riqueza concreta subyacente, y su relación con las necesidades sociales. 

 

Esto implica poner al servicio de objetivos comunes el conjunto de la riqueza material existente, cualquiera sea su forma jurídica, especialmente las capacidades productivas instaladas, la infraestructura, los medios de transporte, etc. El decreto presidencial del 17 de marzo, en el cual se declara el estado de excepción por calamidad pública, dice así en el artículo 10: “DISPONER las requisiciones a las que haya lugar para mantener los servicios que garanticen la salud pública, el orden y la seguridad en toda el área de extensión del territorio nacional (…)”. Frente a la emergencia sanitaria debería, por ejemplo, ponerse al servicio del sistema nacional de salud todas las instituciones de salud particulares para que atiendan las personas contagiadas, independientemente de su situación económica, tal como lo manda la Constitución.

 

En las siguientes líneas quisiera argumentar que es imprescindible incluir aquí, y en la formulación de las políticas de corto, mediano y largo plazo, el sistema monetario en cuanto infraestructura social, que tiene que ser puesto al servicio de la sociedad para hacer frente a las necesidades apremiantes. 

 

Muchas de las propuestas que han surgido frente a la incapacidad del gobierno para afrontar de forma eficaz a la crisis sugieren posibles fuentes adicionales de dinero para poder cubrir los gastos urgentes: desde pedir una reducción de los sueldos de los empleados públicos, pasando por solicitar a los asambleístas la donación de una parte de sus sueldos e impuestos nuevos sobre tal y cual cosa, o sobre ciertos ingresos, hasta la muy publicitada donación de sus sueldos de algunos políticos, la postura mayoritaria ha sido sugerir la transferencia de ingresos existentes de manos privadas al sector público. Este énfasis en la transferencia de ingresos existente corresponde, me parece, a una visión individual sobre el dinero, derivada de nuestra experiencia cotidiana (lo que no invalida, por sí solo, estas propuestas[4]). Hay una cierta cantidad de dinero en mis manos, y debo hacer corresponder mis gastos con el dinero a mi disposición (sea por ingresos corrientes, o por ahorros monetarios precedentes, o por pedir prestado dinero a otros). Para mí, el dinero comienza a existir cuando logro vender una mercancía o mi capacidad de trabajo. La venta demuestra que tengo algo que ofrecer que la sociedad juzga (en el mercado) como válido, y a cambio recibo una “cosa” que me permite acceder a otra cosa útil para mí. El dinero es, desde esta perspectiva, un medio para transformar una mercancía en otra, un instrumento que facilita el intercambio y aparece después de una venta exitosa[5].

 

Desde  esta perspectiva “individual”, es necesario que alguien transfiera un ingreso preexistente al sector público (o reduzca las transferencias de este a algunos agentes) para poner poder adquisitivo adicional a disposición de las entidades encargadas de hacer frente a la crisis sanitaria. 

 

Esta perspectiva individual no se pregunta por el origen del dinero, solamente por los medios para acceder a él. La perspectiva sistémica en la que el dinero es pensado como infraestructura social, cambia radicalmente el tipo de preguntas formuladas. En vez de preguntar como yo (o las personas con hambre, el estado, el municipio) pueden acceder a dinero existente, pregunto por el origen del dinero mismo. ¿Cómo llega a existir? ¿Qué relación tiene con el proceso productivo? ¿De qué depende que exista en la cantidad adecuada para servir a las necesidades sociales? 

 

En las sociedades modernas, el dinero es principalmente dinero escritural: existe como un registro contable de un banco. El depósito que tengo en un banco, digamos de 1000$, cumple todas las funciones del dinero. Si retiro una parte de este dinero para poder disponer de efectivo, tendré “papelitos” que son un reconocimiento de deuda de otra institución, algo así como la hoja de un balance sacado del libro que puede circular anónimamente de mano en mano[6]. Este dinero es constantemente creado y destruido, la cantidad absoluta de la masa monetaria, más o menos estable, oculta un proceso continuo de creación y destrucción monetaria.

 

Cuando un banco otorga un crédito, crea dinero al registrar la cantidad de dinero “prestado” en la cuenta del cliente. A la vez registra una deuda del cliente como activo suyo. Cuando el cliente cancela su deuda con “el dinero que tiene en su cuenta”, se cancela tanto su deuda como sus depósitos, el dinero ha sido destruido. Entre su creación y su destrucción, el dinero pasa de mano en mano cumpliendo varias funciones. Es difícil seguirle la pista, porque se confunde con todas los demás “unidades dinerarias”, cual gota en el océano, en el conjunto de la masa monetaria existente.

 

A lo largo de la historia del pensamiento económico, varios autores han argumentado que es imprescindible analizar lo que ocurre en la “vida” de una unidad dineraria para poder comprender la economía en su conjunto. ¿Cuándo y cómo se cree, qué caminos recorre durante su vida, qué papeles va cumpliendo, y en qué condiciones llega a su fin?[7] Haciendo abstracción de la heterogeneidad de “trayectorias monetarias individuales” miremos brevemente una “vida monetaria típica”, que recorre un circuito productivo.

 

Para comenzar, una empresa pide, para poder producir determinados bienes, un préstamo a un banco. El banco crea el dinero necesario para financiar la producción, registrando a la vez una deuda de la empresa con el banco y un depósito en la cuenta de la empresa, por el mismo monto.  La empresa transfiere este dinero a sus trabajadores, que, mediante su trabajo, crean el producto en cuestión. Al inicio, el dinero fue capital para la empresa. Se transformó en ingreso de los trabajadores. El acto de producción dio lugar a un nuevo producto, y a la vez a la forma monetaria del mismo, en la forma de los ingresos recibidos por los trabajadores. El valor del producto corresponde a los ingresos creados. El dinero en las manos de los trabajadores tiene entonces como contraparte (como otra cara de la moneda) un producto real, riqueza social creada. El dinero que es ingreso en manos de los trabajadores puede ser usado para adquirir bienes producidos por esta u otras empresas. Las mercancías pasan a las manos de los trabajadores, se transforman en riqueza material, y son, finalmente, consumidos. El gasto de los ingresos hace que el dinero vuelve a las manos de las empresas, que pueden con el mismo cancelar sus deudas con el banco. El dinero deja de existir (los depósitos se anulan por el monto de la deuda cancelada) después de haber permitido organizar la reproducción social[8].

 

Lo que nos muestra esta “historia de vida monetaria” típica en una economía moderna es que, a diferencia de lo que ocurre en la experiencia individual, el dinero comienza a existir a partir de una decisión (el banco que considera pertinente prestar a tal o cual empresa), y su llegada al mundo permite poner en marcha el proceso productivo, la creación de riqueza material para satisfacer una necesidad. El segundo momento, fundamental para la experiencia individual, de que solamente puedo obtener dinero si ofrezco algo (un objeto, una capacidad creativa) que la sociedad juzgue como válido en el mercado, no desaparece aquí, por su puesto. Si la empresa no puede vender sus productos (por no ser socialmente útiles) no recupera el dinero invertido en salarios, y no podrá pagar su deuda con el banco. Pero el circuito monetario completo muestra cómo, al inicio de la producción, se encuentra la creación monetaria por parte de un banco, acto sin el cual la producción no puede ser iniciada.

 

En una economía monetaria, como la nuestra, no es preciso tener ingresos ganados con anterioridad para iniciar un proceso productivo. Es necesario obtener un financiamiento inicial por parte de un banco[9]. Quien tiene el poder de la creación monetaria (de otorgar este financiamiento inicial) tiene por ende la capacidad de influir sustancialmente el proceso de reproducción social, de decidir sobre los destinos de la capacidad creativa colectiva y del uso de los medios de producción existentes. En otras palabras, decide qué necesidades sociales van a ser considerados como válidos, dignos de ser satisfechos, y cuales no[10].

 

Hasta ahora, hemos seguido la trayectoria de vida de “una unidad dineraria” creado para facilitar la producción privada, que encuentra su validación social en el mercado (el dinero regresa a la empresa si esta es capaz de vender sus productos, expresión de su validez social mercantil). Sin embargo, esto no es el único destino que puede tener el dinero. Hay unidades dinerarias que pueden dedicar su vida al servicio público, y facilitar la producción directamente social, validado políticamente. En este caso, el dinero recorre un “circuito productivo fiscal”.

 

El mercado no es el único lugar en que la validez social de un producto (o de un proceso productivo) puede ser constatada. Como estamos viendo en estos momentos, existe un gran número de actividades y productos que son socialmente de gran importancia, sin que por eso exista un mercado para que sean producidos en cantidades suficientes. (p.ej. un sistema de prevención de epidemias que funciona, con sistemas de cuarentena bien organizado, etc). La problemática se discute en la teoría económica ortodoxa bajo el nombre de “bienes públicos”, y es visto a menudo como desviación del caso “natural”, de bienes privados[11]. Al igual de la producción mercantil, la producción pública también necesita ser financiada. Al igual que aquella, esta tampoco tiene que comenzar con un ingreso preexistente, sino que precisamente da lugar a un ingreso nuevo en la medida en que pone en marcha el proceso productivo en consideración. Al pagar, por ejemplo, el estado salarios a médicos para que mantienen en funcionamiento y mejoren un sistema de prevención de contagios, se crea un ingreso a la vez que se crea el producto correspondiente (el sistema de prevención). La única diferencia con el circuito mercantil discutido más arriba consiste en que aquí la validación social es de carácter colectiva: no es la adquisición individual en el mercado del producto su confirmación ex post, sino el proceso de decisión político que conduce a su puesta en marcha. El dinero invertido en la producción no mercantil vuelve a su origen cuando es recaudado en forma de impuestos[12].

 

Esto tiene varias implicaciones: los impuestos recaudados no son, al nivel de la sociedad en su conjunto, una “deducción” de ingresos creados por el sector privado, sino simplemente un reflujo de un dinero puesto en circulación por el proceso productivo no mercantil (no consiste en un drenaje de riqueza creada anteriormente, sino son la contraparte de la riqueza creada para satisfacer necesidades compartidas)[13]. También implica que la producción no mercantil, al igual que la mercantil, debe encontrar financiamiento inicial, por medio de creación monetaria. Exigir que el sector público solamente gaste lo que ha recaudado anteriormente implica una confusión sobre la naturaleza de éste, esencialmente productivo, y lo hace aparecer como si fuese una entidad de consumo.

 

La creación y destrucción del dinero aquí bosquejada ocurre incluso en una economía que no tiene moneda propia. Los bancos crean y destruyen dólares (o quizás más preciso: promesas de entregar dólares que funcionan, en condiciones normales, como dólares propiamente dicho) al otorgar préstamos a sus clientes. En un sistema monetario moderno, donde encima de los bancos comerciales se encuentra un Banco Central (banco de bancos y banco del estado, a la vez), también el Banco Central puede participar en el financiamiento de la producción, típicamente de la producción no mercantil, haciendo un préstamo al sector público[14]. Este financiamiento por parte del Banco Central, que funciona como entidad pública, permite romper el monopolio de los bancos sobre la creación monetaria, es decir, sobre la decisión acerca de qué producción (mercantil o no mercantil, con qué propósito, por quien, etc.) debe ser desarrollada en la sociedad. Esta capacidad, compartida por todos los bancos centrales del mundo, y utilizado ampliamente en estos momentos de crisis, fue retirada al Banco Central del Ecuador en la Ley de Fomento Productivo de agosto del 2018, que prohíbe expresamente el financiamiento del sector público por el Banco Central (artículo 40), como medida para restablecer el monopolio de decisión en las manos de los bancos privados.

 

Frente a la magnitud de la crisis que enfrenta la sociedad ecuatoriana en estos días es indispensable que se logre orientar la actividad creativa de la sociedad hacia aquellas actividades que ayuden hacer frente a los inmensos desafíos. Es necesario direccionar las capacidades productivas hacia lo que es socialmente necesario en este momento. En una economía monetaria, eso significa poder financiar esta producción. Como hemos visto, no se trata de que haya o no haya suficiente dinero para eso (como fondos preexistentes), ni que un político done su salario o no, sino que se cree el dinero necesario para financiar esta producción, sea mercantil o no mercantil.

 

El decreto del 17 de marzo es muy explícito: “DISPONER las requisiciones a las que haya lugar para mantener los servicios que garanticen la salud pública, el orden y la seguridad en toda el área de extensión del territorio nacional (…)”. Es una necesidad apremiante de que se reconozca que es imprescindible requisicionar el sistema monetario nacional en cuanto infraestructura social esencial para poder financiar la producción necesaria para aquel objetivo[15]. Mediante un nuevo decreto el presidente puede suspender al artículo limitante de la Ley de Fomento Productivo. Alternativamente, podría, cómo ha señalado Andrés Arauz en una carta al presidente de la Asamblea, utilizar otros mecanismos para este financiamiento: vía el Banco del Pacífico, vía sobregiro de la Cuenta Corriente Única del Tesoro Nacional, o vía préstamos a los GAD descentralizados[16]. Alternativa,, o adicionalmente,, se podría obligar las instituciones del sector financiero nacional, bancos privados y cooperativas, dada su naturaleza estratégica como organizadores de la infraestructura monetaria, participar en el esfuerzo de hacer frente a la emergencia sanitaria y productiva otorgando créditos productivos a condiciones políticamente establecidas, tal como es posible obligar las instituciones privadas de salud atender a personas contagiadas que no pueden pagar su cuidado.

 

A punto de garrote no se va a poder mantener la cuarentena, los saqueos de tiendas y mercados que están comenzando por aquí y por allá son un lugar propicio para el contagio masivo. Es preciso poder adquirir alimentos para entregar, de forma urgente, a las personas necesitadas, más allá de las “grandes muestras de solidaridad” que se han dado a nivel privada, y otorgar bonos de subsistencia que responden a las necesidades reales (lo que, a todas luces, los 60 $ mensuales anunciados por el presidente no hacen). Esto podría organizarse a nivel de los municipios, que pueden sostener la producción local de alimentos comprando a los productores directamente, y distribuir los alimentos y el dinero en función de las necesidades locales. No se puede alimentar la población a mediano plazo sin financiar la producción campesina, y la pequeña y mediana producción en general, apenas que las condiciones sanitarias estén dadas para un parcial retorno a las actividades. No es posible atender a las personas afectadas sin pagar las actividades productivas directas (enfermeros, medicas etc.) e indirectas (insumos equipos e infraestructura de salud)[17].

 

No es necesario esperar préstamos internacionales, ni donaciones ni reducciones de sueldos. Como se ha visto, cualquier sistema monetario tiene la capacidad de crear el dinero necesario para iniciar una producción considerada como necesaria, sea validado de forma individual en el mercado, sea de forma colectiva mediante una decisión colectiva, política, ex ante.

 

Lo que es válido dentro del sistema monetario nacional (la capacidad de creación monetaria para financiar la producción), no aplica a nivel internacional. Si los bancos pueden crear “dólares” para el uso interno (promesas – ecuatorianas – de entregar dólares sobre pedido que pueden jugar el papel de dólares verdaderos), no lo pueden hacer para el uso externo. Para las transacciones económicas internacionales, la perspectiva individual arriba esbozada aplica para el espacio monetario en su conjunto. Hay que adquirir los dólares (internacionales) antes de poder utilizarlos. Ahí la noción, derivada de la experiencia individual, que solamente se puede gastar lo que se ha ganado anteriormente, es plenamente válido. Esta situación es aún más agravada por el régimen de dolarización vigente, que implícitamente garantiza la libertad de convertir “dólares ecuatorianos” en “dólares internacionales”, billetes o transferencias al extranjero. Frente a la situación económica mundial crítica, brevemente mencionada al inicio, es tanto más importante hacer un uso adecuado de estos recursos escasos. Las Reservas Internacionales del Banco Central, el acervo de divisas que maneja el BCE en nombre del conjunto de la sociedad, deben ser utilizados de la forma más cuidadosa posible, destinado a aquellos gastos internacionales necesarios para enfrentar la crisis (importación de medicinas, instrumentos medicinales etc.). Utilizando la feliz expresión de Andrés Arauz en la carta citada, deberíamos poner también la dolarización en cuarentena. Se debe imperiosamente evitar la salida de divisas que no contribuye a hacer frente a la emergencia sanitaria: suspensión de pago de deuda externa (intereses y capital), prohibición de salida de capitales, asignación de reservas internacionales exclusivamente a las importaciones imprescindibles. Así mismo, debería exigirse a los bancos privados aportar una fracción sustancial de sus activos internacionales netos (activos externos-pasivos externos) a las reservas del Banco Central, a cambio de depósitos en el mismo.

 

El gobierno debe realizar, frente a la amenaza de una crisis sin precedentes, que el estado es más que la “junta que administra los negocios comunes de la clase burguesa” (bancaria) y puede ser expresión (contradictoria, pero real) de lo común. Es necesario que reconozca que el poder de la cooperación social, la orientación de las capacidades creativas humanas, en la sociedad moderna, pasa necesariamente por la relación monetaria. Por ende, es esencial que se requisicione, entre otras infraestructuras estratégicas como la de salud, la capacidad de emisión monetaria para financiar las actividades necesarias para hacer frente a la emergencia. “No hay dinero”, por lo menos a nivel interno, no puede ser excusa para dejar la gente morir de hambre durante la cuarentena, ni para no atender a todas las personas enfermas. Detrás del “no hay dinero” hay la voluntad de no tocar el monopolio privado de poder decidir quién produce que, y para quien, poder que deriva de la capacidad de emisión monetaria.

 

Es urgente poner ese poder social al servicio de la sociedad. Ahora mismo. 

 

[1]     Agradezco a Alejandra por la revisión de los presentes apuntes, así como a las y los colegas del IIE por las conversaciones al rededor de la problemática aquí tratada.

[2]     Y también, gracias al reciente acuerdo ministerial del Ministerio de Trabajo, de una parte importante de las y los trabajadores con relaciones laborales formales.

[3]     Ver artículo de Pedro Páez, La economía popular y solidaria y la crisis sanitaria en Ecuador. https://coyunturauceiie.wordpress.com/2020/03/28/la-economia-popular-y-solidaria-y-la-crisis-sanitaria-en-ecuador/#more-1299

[4]     Está claro que nos encontramos aquí en el meollo de la ecnomía política, en el conflicto distributivo. El problema de la emisión monetaria para financiar la actividad social para enfrentar la crisis no elimina este problema de cómo se distribuye y redistribuye la riqueza social creada. Simplemente muestra que adicionalmente a este problema exstie aquél de financiamiento inicial, que debe ser enfrentando también. No hay duda de que, en el sentido de la Doctrina del Shock mencionada más arriba, hay quienes quieren aprovechar la crisis para no solamente cargar a la clase trabajadora (incluída campesinos, informales, etc) el conjunto de los costos de la misma, sino para profunidzar la dominación de clase existente.

[5]       Es el Mercancía – Dinero – Mercancía en Marx.

[6]     En general, esta institución es el banco central del país, para nosotros es la Reserva Federal. Esto tiene consecuencias sustanciales, pero no afecta el argumento aquí presentado.

[7]     Marx, Schumpeter, Wicksell, Keynes, los “circuitistas” franceses e italianos, una fracción de los autores postkeynesianos, entre otros.

[8]     Esto es, por supuesto, una simplificación grosera del curso real del dinero. Un montón de problemas adicionales aparecen: ¿Con qué se paga los intereses a los bancos? ¿De dónde provienen las ganancias de las empresas? ¿Qué pasa con ingresos ahorrados?, etc. etc. Sin embargo, lo esencial está aquí en cuanto a permite cambiar la perspectiva “individual” por una “sistémica” y una estática por una procesual. Ver Graziani, A. (2009). The monetary theory of production. Cambridge University Press, Cencini, A. (2012). Macroeconomic Foundations of Macroeconomics. Taylor and Francis., entreo otros.   

[9]     Se podría objetar que hay los que inician un proceso productivo con ingresos “ahorrados”. Esto es muy cierto, sobre todo para quienes se encuentran al margen del proceso de acumulación de capital. Sin embargo, aún en esta circunstancia el dinero tiene que haber sido creado probablemente en el sistema monetario. 

[10]   Esto no significa que un banco individualmente decide sobre la organización de la producción social, sino como conjunto influyen sustancialmente sobre esta, siguiendo criterios de rentabilidad de los proyectos productivos que buscan ser financiados (que pueden ser expresión tanto de su capacidad de satisfacer necesidades sociales, como de también de extraer rentas económicas del tejido de reproducción más amplio.

[11]   Fuera de la ortodoxia, el problema recibe un trato más amplio. Ver p.ej. la obra de Elinor Ostrom. Gracias a Jonathan Baez por señalarme el punto.

[12]   Ver Harribey, J.-M. (2006). Légitimer la production non marchande et son extension: Anticipation, financement et paiement du non marchand, trois moments distincts. Presentación en el coloquio: Etat et régulation sociale Comment penser la cohérence de l’intervention publique? El hecho de que el dinero creado para la producción no mercantil, pública, tiene que regresar a su origen mediante impuestos, para poder ser destruido (pago del préstamo del financiamiento inicial) hace que las consideraciones discutidas más arriba como propias a la “perspectiva individual” son plenamente válidas. Al final, sí importa quién tiene que pagar los impuestos que permiten el cierre del circuito. Lo importante para el argumento aquí presentado es que esta recuperación del dinero inicialmente invertido en la producción no mercantil es un problema diferente al del financiamiento inicial.

[13]   Esto no dice, evidentemente, nada sobre la naturaleza deseable o no de esta producción. Pero esto es tema de decisiones de la producción, no de su financiamiento.

[14]   Hablamos aquí siempre del financiamiento inicial de la producción, y de un circuito monetario que se cierra, idealmente, mediante la recaudación de impuestos correspondientes y el pago de la deuda (la destrucción del dinero creado inicialmente). El problema de un déficit y su financiamiento final desborda el objetivo de estos apuntes.

[15]   Esto no implica, evidentemente, su expropiación, sino simplemente la obligación de contribuir en cuanto instituciones estratégicas.

[16]   https://dolarizacion.ec/2020/03/20/carta-abierta-al-presidente-de-la-asamblea-pandemia-y-dolarizacion-si-hay-alternativas/

[17]   El entrega de bonos se presenta un poco diferente al circuito productivo aquí esbozado. Se trataría de un adelanto de un ingreso, similar a un crédito de consumo. Sin embargo, tiene el efecto de financiar indirectamente la producción de los bienes hacia cuales va a ser destinado (principalmente bienes de primera necesidad). En este sentido, ayuda sostener una parte del entramado productivo local, a la vez que permite que funcione la medida de la cuarentena.

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