De coronavirus y otras deudas

Wilson Flores H.

 

Hacer un balance final de los resultados de la crisis sanitaria, todavía no es posible, pues se encuentra en proceso y en pleno desarrollo; sin embargo, podrían adelantarse dos consideraciones que darían cuenta de la naturaleza del problema:

En primer lugar, Marx tuvo razón cuando señaló que la característica esencial del capitalismo es la crisis y que esta es generada por las decisiones internas que toman los principales actores de la economía y no por causas externas como sería la actual pandemia de la COVID-19. Es cierto que la pandemia aparecería como una causa exógena, natural, pero en el fondo es la consecuencia misma de la dinámica que tiene el sistema. A nivel global, habría una explicación, cuando se observa que el tratamiento que se hace de la salud como una mercancía, profundiza, aún más, las asimetrías que existen entre la población de más altos ingresos y las clases trabajadoras, cuya traducción tiene un simple signo macabro: muertos, miles de ellos en los sectores populares, sin perjuicio de la escalada de pauperización que esta situación arrastra. Si bien, no hay seguridad dónde se origina el virus, lo cierto es que esta calamidad desnuda -sin tapujos- la realidad de un sistema absolutamente desigual e injusto, que en la vorágine de la crisis afronta una de sus más grandes contradicciones: mantener la vida en el planeta o facilitar la supervivencia del capital. Esta grave disyuntiva, ha obligado a urgentes y telemáticas reuniones entre las potencias hegemónicas, una de ellas es la del G-20, por ejemplo, sin que de ellas se advierta la toma de alguna decisión relevante, pues, sin lugar a dudas, la malignidad del virus ha alterado las condiciones de la geopolítica mundial.

En segundo, en América del Sur, el Ecuador es el país que “lidera” la espiral de contagio en razón de su pequeño territorio, población y tamaño de la economía, y como tal, encara uno de sus peores momentos pues las élites más poderosas y el gobierno que tanto las ampara, han demostrado su total incapacidad para enfrentar la situación, incluso se habla de que esta ineficiencia raya en la negligencia política. Las políticas públicas, si las hay, son un desastre y el desmantelamiento del Estado, en los sectores de salud y educación, pasa su inexorable factura. En un contexto como este al ministro de finanzas se le ocurre cumplir con el pago de 320 millones de dólares de deuda externa, supuestamente para obtener un desembolso de 2000 millones, justo en momentos en que el FMI y los organismos multilaterales de crédito recomiendan la abstención en los pagos pendientes. Esto, lamentablemente, se hace por presión de los tenedores de deuda externa ecuatoriana, que paradójicamente son ecuatorianos y que actúan sin la más mínima atención con su país. Ya lo hicieron en 1982, 1999, ahora en 2020, y lo volverán a hacer cuantas veces les dé la gana.

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